Esta semana ha sido noticia el aberrante asesinato del pequeño Lucio Dupuy de manos de su madre y la novia de esta, ambas feministas, quienes inclusive lo llevaban mal herido y golpeado a manifestaciones donde estas ciudadanas decían militar contra la violencia hacia la mujer.

Datos sobre esta historia en la opinión pública sobran. Fue masacrado a golpes, incluso su autopsia arrojó contundentes evidencias de abuso sexual. A tan corta edad vivió un infierno imposible de justificar.

Esta historia me ha costado digerirla, por lo aberrante y porque se trata de un niño que apenas empezaba a vivir, sin embargo, esta no es la primera vez que como jurista y mujer me enfrento a una noticia así.

Al empezar mis prácticas como abogado, ejercí como abogado de familia, y debo confesar que por salud mental decidí reconducir mis oficios como abogado hacia una rama del derecho donde yo fuera más útil.

Una de las razones que me empujó a no ejercer más como abogado de familia fue la desproporción a nivel legal entre hombres y mujeres en esta rama del derecho, los vicios de mis colegas en este particular y las aberraciones que llegan a ejercer padres y madres en nombre de unos derechos que poco les importa, puesto que el trasfondo de esto es demostrar poder sobre la otra parte.

Quienes nos hacemos profesionales de esta digna carrera, es porque creemos en la justicia, porque creemos en la igualdad de todos ante la ley, y en el campo citado lo que existen son abusos, manipulaciones, lobbys operativos entre muchas otras cosas.

Tengo dos casos cercanos, ambos profundamente vergonzosos donde se ejerció el abuso de poder femenino. En un caso, un padre roto del dolor, padeció horrores para obtener la custodia de su hijo, mientras que las evidencias de la negligencia materna eran devastadoras, al final la justicia se hizo presente, gracias al amor y consistencia de un padre coraje que jamás se rindió. Mientras que, en el otro caso, la madre cual prófuga de la justicia, deambula por el mundo con su criatura, negándole al padre todo derecho de contacto. Parece que el poseer útero para los sistemas jurídicos de Latinoamérica es patente de corso para cualquier aberración. Y así lo corroboran los hechos.

Me cansé de recibir casos donde mujeres me pedían “sororidad” para cambiar cifras en sentencias de pensiones alimentarias, peticiones de recursos para perjudicar a la otra parte y pare usted de contar. ¿Y los hijos? Bien gracias…

No se estudia derecho para abusar de otros, para defender lo indefendible, y eso toda persona normal, con un mínimo de principios lo sabe.

Ante la ley, el padre tiene cero derechos, cero credibilidad, pero eso sí, tiene deberes económicos, que de no cumplirlos le puede costar su libertad.

El padre de Lucio y su familia se cansaron de pedir al Estado, al sistema jurídico un poco de decencia, compasión con esa criatura y jamás hubo tal cosa. Hoy todos lloran a Lucio, mientras dos sabandijas están a la espera de una muy golpeada justicia, en el mejor de los casos, como la que reina en la región.

Muchos esperan pronunciamientos, pero que nadie se extrañe del ensordecedor silencio e inacción de las feministas, puesto que es así como ellas operan.

Mientas lloran a Lucio, hay cientos de pequeños, algunos ya mostrados en redes, que están ante la misma peligrosa situación de Lucio. ¿Llegarán a tener el mismo fatídico final me pregunto?

La retórica de nunca acabar vuelve a hacerse presente, un cuestionamiento desgastante que poco podrá cambiar mientras no exista integridad en los operadores de justicia, abuso de poder y sistemas jurídicos podridos desde la base.

Vaya mi abrazo a la familia Dupuy y mi compromiso con todos de jamás apagar mi voz con todos los Lucios del mundo.

 

¡Hasta la próxima!

 

By: Jennifer Barreto-Leyva

 

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